Me llaman Cien. Los nombres son como los años, se me escapan entre los dedos. Los que quedan. Dos de la mano izquierda están pegados desde hace unos siglos, no recuerdo bien en qué batalla.

Llevo guante negro. No por elegancia. La gente mira demasiado cuando ven una mano que no cuadra con los siglos. Los médicos en Lyon dijeron «malformación». No les corregí. La verdad siempre suena peor que la mentira.

Mi sombra miente. No sigue al sol como las demás. Se retuerce hacia atrás, señalando los lugares donde dejé pedazos de mí. A veces, en los bares de mala muerte, la observo apuntar hacia Belén. O hacia aquel callejón de Hiroshima donde una niña me dio un melocotón horas antes del relámpago. El dulzor me quemó más que la radiación.

Los gatos me entienden. Talín, un demonio naranja con el rabo torcido, me sigue desde Venecia. Roba cosas que debería haber olvidado: un botón de mi abrigo de 1723, la moneda que Caravaggio me dio por posar, notas escritas en lenguas muertas. A veces pienso que es él quien me recuerda a mí, y no al revés.

Los perros negros son distintos. Huelen el tiempo en mí. En Edimburgo, una jauría me arrinconó contra el río Forth. No corrí. Las heridas tardan en sanar, pero siempre lo hacen. Esta cicatriz aquí, bajo la costilla, es de una bayoneta en los Campos Elíseos. Duele cuando llueve. O cuando paso cerca de una librería donde compré un libro a un joven poeta en 1936.